miércoles, 8 de abril de 2015

Los días previos

Todo aquel que ha pasado por la maravillosa experiencia de la paternidad sabe bien qué se siente cuando se acerca el momento del parto. Los terribles y maravillosos días que preceden al nacimiento de nuestro primer hijo nos invade una mezcla de expectación, nervios, ilusión, y ansiedad, todo ello aderezado con un poco de alegría y una pizca de temor.
En esta época, próxima al vencimiento de la fecha prevista para el ansiado desenlace, no es nada raro que se produzca alguna falsa alarma. Cualquier síntoma, cambio, o pequeña molestia es interpretado inmediatamente como inicio del parto. Y lo peor es que la culpable no es tu mujer…tristemente eres tú, que vives estos días previos en un continuo estado de crispación y temor.
En mi caso fueron tres, las falsas alarmas…
Las tres sucedieron por la noche, y la dinámica del suceso fue muy parecida en cada una de ellas.
-Cari, he tenido ya cuatro contracciones seguidas.
-¿Cuatro? ¿Y ahora me lo dices?
-Tranquilo, no creo que sea nada. Vamos a contar la duración entre cada una de ellas, como dijo la matrona…
-Sí claro, y que la niña nazca aquí –contesté yo, asustado– vamos vístete que nos vamos al hospital.
Así que, a pesar de las protestas de mi mujer, cinco minutos después estábamos los dos en el coche, junto con el kit de partos, preparado ya un mes antes. Se trata de lo que, según te han dicho otras mujeres expertas (abuelas, sobre todo), vais a necesitar en el hospital durante y después del parto, y que incluía en nuestro caso: los documentos de identificación de ambos, el libro de familia, artículos de aseo, como cepillo y pasta de dientes, cepillo para el pelo, maquillaje (antes muerta que sencilla), barra hidratante para labios, pasadores y cintas para el pelo, una bata, un camisón o dos, pantuflas, y  una ingente cantidad de medias o calcetines.
Eso sólo para ella. Que luego también llevas alguna cosilla para ti, no vaya a ser que os tengáis que quedar a vivir en el hospital para siempre. Tras larga y sesuda reflexión,  había decidido incluir en mi “equipaje”: una cámara de fotos, una video cámara con pilas, cargador y tarjetas de memoria, artículos de aseo que incluían una muda de ropa y zapatos cómodos, algo para comer y leer, y, por supuesto, monedas…, una ingente cantidad de monedas que había ido atesorando durante las últimas semanas (si vas a un hospital de España sin monedas, estás perdido).
Total, que de esta guisa, salimos mi mujer y yo escopeteados para el hospital. Tras saltarme varios semáforos en rojo, y realizar algún que otro adelantamiento indebido, llegamos a la puerta de urgencias sin incidentes de interés que reseñar. Mi mujer se encontraba, a la sazón, más tranquila que una foto, mientras que yo en cambio, llevaba el susto claramente reflejado en mi rostro.
Un celador salió a atendernos después de unos eternos cinco minutos de impaciente espera. Tras explicarle la situación, nos dijo que debíamos aguardar un momento mientras avisaba al ginecólogo de guardia, el cual apareció… ¡media hora después!...y aún restregándose sospechosamente los ojos. Para mi sorpresa, y tras una rápida exploración nos informó con aire aburrido, que la niña aún no venía, y que (esto lo dijo con un tono que a mí me llegó a molestar), aún tardaría probablemente una semana, ya que estaba todavía “muy alta”. Acto seguido, nos repitió los signos y síntomas que debíamos tener en cuenta para sospechar el inicio del parto, que por supuesto, yo había optado por ignorar, y nos despidió con un ¡buena suerte!, que, esta vez sí, noté totalmente cargado de mordacidad.
Lamentablemente, esta no fue la única expedición que hicimos a urgencias, cargados de bártulos. La última de ellas, casi consigo, tras mucha insistencia, que dejaran a mi mujer en observación, sólo “por si acaso”. Afortunadamente, aún queda gente competente trabajando en Sanidad, capaces de apaciguar a maridos nerviosos e impacientes, y que no tuvieron ningún problema en decirnos claramente que la niña no iba a venir antes porque acudiéramos día sí, día también, a las puertas del hospital.
-Señor, su hija  todavía no viene, y es probable que hasta dentro de unos días su mujer no comience el trabajo de parto…
-¿Qué trabajo ni niño muerto? Esta vez estoy seguro de que va a dar a luz, doctor. Tienen que dejarla aquí, por favor.
-Mire, cálmese y escuche con atención. La fecha probable de parto es dentro de cinco días, su hija no muestra señales de querer adelantar su llegada, y lo de las contracciones es completamente normal. Suelen ser frecuentes los días previos al parto, a fin de ir facilitando la dilatación. Hágame caso, coja a su mujer y sus cinco maletas y vuelva a su casa.
Así que, abochornados, salimos del hospital. Mi mujer enfadada conmigo, y yo con el médico, aún convencido de que esa noche nacería mi hija. Sin embargo, como suele suceder, el ginecólogo tenía razón. Mi niña nació exactamente cinco días después de esa última excursión…

sábado, 4 de abril de 2015

Nueve meses


Imposible resumir en unas pocas líneas, los meses que siguieron. El cúmulo de emociones, sinsabores y alegrías que fuimos acumulando durante este período de nuestras vidas, podría servir para escribir varios volúmenes de tamaño decente.
Tampoco es mi intención hacer una narración científica y exhaustiva sobre los cambios físicos y emocionales que concurren en la mujer durante una gestación normal. Para eso ya existen manuales muy rigurosos y extraordinariamente completos. La extensa bibliografía existente al respecto podría llenar varias bibliotecas, y actualmente, gracias a internet, resulta fácilmente accesible desde cualquier ordenador doméstico.
Sin embargo, ¿Y el padre? ¿Cómo vive él todo esto? ¿Cómo nos afectan los cambios de humor constantes, la privación sexual indiscriminada o el ninguneo de la sociedad y del sistema sanitario? Bien, de eso se ha escrito bien poco hasta la fecha, me temo. Y, sinceramente, creo que el tema lo merece. Algún tipo de tratado o guía sobre las necesidades emocionales de los padres durante el difícil trauma que supone convivir con una mujer embarazada, sería una obra muy interesante y creo que tendría bastante aceptación.
Sin embargo, no soy yo la persona más indicada para escribir sobre este tema, que corresponde más bien a expertos y sabios doctores. Desde mi humilde posición, me limitaré a comentar mi experiencia,  sin más ambición que la de intentar ofrecer algo de luz al futuro padre novato durante esta complicada y trascendental etapa de su historia familiar.
Una de las primeras cosas que tendrás que aprender, especialmente durante los primeros meses, es a distinguir los momentos en que puedes hablar de los que, por prudencia, debes permanecer en silencio.
En contra de lo que se piensa, resulta que la embarazada normal es un ser feliz la mayor parte del tiempo. La ilusión y la alegría perennes caracterizan su estado de ánimo casi siempre, asemejándolas a una especie de teletubbie adulto. Desgraciadamente, con mucha frecuencia también, surgen los famosos y estereotípicos cambios de humor de embarazada, debidos sobre todo al torbellino hormonal que sufre, principalmente durante el primer trimestre.
Veamos un ejemplo bastante gráfico. Un buen día, precisamente sobre el tercer mes de embarazo, mi normalmente, bondadosa y equilibrada esposa, me pregunta de sopetón:
-Cariño, ¿Qué hacemos este fin de semana?
-Había pensado en que podíamos quedarnos y ver alguna peli en el DVD –contesté indiferente.
-¿Y por qué no salimos por ahí?
-Pero cari, recuerda que ayer mismo estuviste vomitando. Y tienes que ir a hacer pipí a cada momento…
-Ya estamos con excusas. Pues a mí me apetece salir. El embarazo no tiene por qué cambiar nuestra vida social.
A estas alturas, ya sabía perfectamente que había metido la pata, por lo que traté de enmendar mi error, cambiando de táctica.
-Vale, salimos, tranquila, no te enfades.
-No me enfado ¿Por qué siempre tienes que juzgar mi estado de ánimo?
-Perdona.
-No, si es que me molesta que me des la razón así, como si fuera tonta.
-No era mi intención…
-Pues últimamente el que pareces tonto eres tú. No entiendes mis sentimientos… –me reprochó al tiempo que prorrumpía en lastimeros sollozos, ante mi más sincero asombro. Tras lanzar un hondo suspiro, y contar mentalmente hasta diez, la acaricié y le di un beso, intentando frenar de esta forma el torrente de lágrimas… ¿Qué otra cosa podía hacer?
Los olores también provocaron algún que otro conflicto. Cualquier olor algo fuerte le resultaba molesto o le provocaba náuseas. Así que tuve que deshacerme de ambientadores, aftershaves, velas aromáticas y perfumes de todo tipo. Hasta el ambientador del lavavajillas hubo de ser retirado. Por si esto fuera poco, además de la hipersensibilidad olfatoria, mi mujer desarrolló un carácter suspicaz que hasta ahora no le había conocido. La mezcla de ambas fue, evidentemente, explosiva.
-Hoy hueles raro –me dijo otro día.
-Es que no me he puesto colonia, para no molestarte –le contesté algo alarmado.
-Pues yo noto un olor distinto…
-Serán imaginaciones tuyas, cariño.
-¿No estarás viendo a otra mujer? –me acusó súbitamente.
-No digas tonterías –contesté indignado- a lo mejor se me ha pegado algo el perfume de alguna compañera del trabajo.
-¡Ya lo sabía yo!... claro como me estoy poniendo gorda, ya no me ves atractiva.
(¡¡Uffff!! ¡Señor!)
-Bueno, mira, vamos a dejar el tema, por favor. Lo que dices no tiene ni pies ni cabeza –repliqué desabrido.
Consecuencia evidente de la escena anterior: nueva crisis de llanto seudohistérico, que hube de resolver con paciencia, diplomacia…, y mordiéndome la lengua hasta hacerme sangre.
Afortunadamente, estos episodios no eran muy frecuentes, y fueron desapareciendo paulatinamente, a medida que avanzaba el embarazo. Como he dicho antes, lo más habitual es que mostrara una actitud optimista e ilusionada. Hasta tal punto, que en ocasiones parecía vivir en una burbuja de alegría y felicidad permanentes.
¡Ah!, una cosa. Es totalmente cierto eso que se dice de que las mujeres embarazadas se ven más guapas. Probablemente esté relacionado con el estado de nebulosa exaltación que provoca el saber que dentro de ellas se está formando una nueva vida. O será quizá, que la necesaria pero drástica reducción de tu vida sexual hace que la veas mucho más atractiva, no lo sé. Pero la verdad es que a veces me sorprendía mirando a mi mujer y contemplando el bellezón en que se estaba convirtiendo con el correr de los días.
En cualquier caso, convivir con una mujer embarazada resulta enriquecedor y agotador al mismo tiempo, pero merece mucho la pena. A medida que avanza la gestación, se incrementa exponencialmente la excitación y la impaciencia. Comienzas a imaginar cómo va a ser tu vida a partir de que se produzca el nacimiento de tu hijo, haces proyectos, fantaseas sobre el aspecto que tendrá él o ella, si sabrás ser un buen padre…, etc. Especialmente, a partir de que sea conocido el sexo de tu hijo, comenzaréis a pasar mucho tiempo preparando su habitación, ya adornada con el color correspondiente (ya sabes que si es niño, todo tiene que ser azul, es una ley no escrita de obligado cumplimiento).
Y, por supuesto, el cochecito, una de las cosas más importantes, según te dirán todos. Aquí, cuidado. Existe un riesgo importante de conflicto serio; evidentemente, a la hora de ir a elegirlo, existe la obligación implícita de buscar siempre lo más caro que te puedas permitir, ya que en caso contrario te arriesgas a sufrir la ira de las abuelas, que para estas cosas se muestran inflexibles.
-¿Y habéis ido ya a comprar el cochecito para el bebé? –me espeta mi madre tres meses antes de la fecha probable de parto.  
-Hemos estado viendo algo por ahí, mamá. Hay uno que nos gusta mucho.
-¿Y cuánto os cuesta? –pregunta fingiendo indiferencia.
-Unos seiscientos euros. Una barbaridad.
-¿Sólo seiscientos? No debe ser muy bueno. Anda déjame a mí que vaya con tu mujer a elegirlo que los hombres no entendéis de estas cosas
Bueno, la verdad es que no era el mejor momento para tratar de defender la igualdad entre sexos. Así que en esta ocasión, cedí por completo sin plantear batalla, a pesar del evidente gesto de desagrado de mi mujer. Finalmente, el dichoso carrito (que sólo sería empleado durante unos diez meses), costó novecientos euros que, afortunadamente, insistió en abonar mi madre.
Resuelto el asunto del dichoso cochecito, hay que preparar la habitación del bebé. A ello colaboran, voluntariosamente, abuelas, tías y otros miembros de tu entorno. Docenas de baberos, bodies, y patucos, son almacenados de cualquier forma en los cajones, mientras que su futura cunita, es colonizada por diez o doce peluches de las más diversas formas y tamaños. El resultado final es una habitación asfixiante en la que apenas puedes dar un paso sin pisar algún muñeco, y donde resulta imposible encontrar algo cuando lo necesitas. Prohibido hacer cualquier indicación, petición o sugerencia al respecto, so pena de provocar algún tipo de conflicto interfamiliar. Tu actitud debe ser de lo más diplomática, de tal forma que aceptarás cada uno de los presentes, con una amplia sonrisa y sin mencionar, por supuesto, que se trata del undécimo babero o patuco tejido a mano que recibes.
En cualquier caso, amigo lector, en general, y salvo imprevistos, ésta última etapa del embarazo suele transcurrir tranquilamente. Se vive como en una nube. Todo está bien y todo el mundo es bueno, y la alegría y felicidad más completa suelen reinar en tu casa. Este ambiente de armonía y buen rollo viene a ser roto, por supuesto, por la llegada de la fecha prevista para el parto.