-Nene, no estoy segura, pero es posible que me haya quedado embarazada...
Así, sin anestesia ni nada, me soltó mi esposa semejante bomba. A pesar de que llevábamos buscando un bebé hacía ya algunos meses, confieso que la noticia me cogió desprevenido. No pude evitar, muy a mi pesar, que un incómodo estremecimiento me recorriera todo el cuerpo.
-¿Te pasa algo? ¿Hay algún problema? –preguntó, algo amoscada.
-Nada, cariño… ¿Qué bien, no?–me apresuré a contestar- Imagino que te habrás hecho ya el test de la orina, ¿No?
-Sí, y es un positivazo –contestó, desafiante.
Mi alarma inicial se elevó exponencialmente. Y no lo entendía, maldita sea. Aunque mi deseo de ser padre era sincero, ahora que se aproximaba la materialización de este anhelo, me sentía abrumado. En mi mente se estaba produciendo en ese momento una colisión de emociones contradictorias, algunas de ellas bastante molestas: alegría, sorpresa, incertidumbre, preocupación…
-Muy bien, cariño -le dije, tratando de aparentar serenidad y una moderada alegría-seguro que tienes razón. De todas formas, creo que no estaría de más confirmar los resultados con un análisis de sangre…
-¡No es necesario! ¡Esta vez estoy segura! -contestó ella, entusiasmada– Voy a llamar ahora mismo a mi familia para decírselo. Además tenemos muchas cosas que hacer: hay que comprar la ropa, preparar la habitación…
-Cari, no quiero ser aguafiestas, ni mucho menos, pero creo que antes de precipitarnos, debemos contrastar la prueba, no vaya a ser que resulte un falso positivo, y…
-Ya estamos, tú siempre tan optimista…lo dice el predíctor... Además, esta vez estoy plenamente convencida. Lo siento aquí…y aquí -me dijo llevando su mano alternativamente al vientre y al pecho, a la altura del corazón. Ante semejante afirmación, cargada de empirismo y racionalidad, cualquier reacción distinta a abrazarla y cubrirla de besos, hubiera supuesto mi perdición. Intuía que tratar de razonar con mi mujer en esas condiciones era probablemente inútil, y, sinceramente, en esos momentos no me sentía preparado para iniciar una discusión de tal envergadura. Por tanto, sin más debate, el resto del día fue dedicado en exclusiva a comunicar la Buena Nueva a familia, amigos, compañeros de trabajo, vecinos, y a cualquier otro ser humano a quien pudiera interesar.
En la época de nuestros padres, este tipo de noticias solía extenderse de una manera muy curiosa. Simplemente, uno se limitaba a hacer llegar la información a las “amigas de confianza”; señoras dotadas de una naturaleza especial, que les impele a dedicarse, en exclusiva, a propagar a los cuatro vientos cualquier información que oses confiarle secretamente. Para auxiliarlas en tan loable tarea, antaño solían contar con una compleja red de comunicaciones, que, en cuestión de minutos, retransmitía la información sensible a todo el barrio y/o pueblo. Afortunadamente, hoy día, el mundo global en que vivimos, ha dado al traste con esta ocupación, lo que está provocando la extinción progresiva de estos curiosos personajes. A modo de compensación, proliferan, en cambio, multitud de populares programas de televisión, respaldados normalmente por grandes audiencias, que suplen con eficiencia esta compulsiva necesidad de conocer y transmitir chismes.
Actualmente, internet, gracias a recursos como Whatsapp, Facebook o Twitter, es la que permite seguir llevando a cabo esta importante función social. Basta con que dejes una notita en Whatsapp, por ejemplo, diciendo: “mi marido lo ha conseguido. Estoy embarazada por fin…”, para que en el acto se inicie un infalible proceso de transmisión de información, que llevará la feliz noticia a miles de hogares. En pocos minutos, hasta el ex de tu cuñada sabrá que vais a ser padres. Y no te resulte extraño que te llegue una felicitación de alguien totalmente desconocido, a tu correo electrónico o a tu perfil de Facebook.
Una de tus primeras preocupaciones a partir de recibir la gran noticia, serán, por supuesto, las citas médicas. Programarlas en tu agenda, pasa a ser algo fundamental para mantener la armonía en tu matrimonio. Ni se te ocurra olvidar una. Da igual si se trata de una simple analítica, una revisión rutinaria con el ecógrafo, o el visionado de un vídeo sobre la alegría de ser padres. Hazte a la idea de que a partir de ahora, estos eventos se convierten en algo prioritario para ti. Tu papel en ellos será, sin embargo, muy similar al que asumirás durante la visitas de los familiares los primeros días tras el parto, es decir, el de acompañante silencioso, mezcla de mayordomo inglés y enfermero particular. Te limitarás a ejercer de complaciente taxista, a sostener con arrobo la mano de tu mujer durante las exploraciones, guardarle el bolso y la chaqueta, y aparentar una profunda atención en todas las explicaciones del doctor. Todo ello, por supuesto, en completo silencio, respetando, por encima de todo, tu papel de secundario de la peli. Y si por casualidad, te intentas salir del guión, planteando cualquier tonta pregunta, probablemente recibirás una mirada de extrañeza por parte de ambos… “¿Pero qué dice éste ahora?”...
Confieso, que en mi caso, traté de adoptar al principio un papel más activo durante estas fatigosas sesiones. Sin embargo, tras recibir más de una llamada al orden, decidí amoldarme al que la sociedad se empeña en asignarnos. Y en el fondo no es tan malo. Mantenerte en segundo plano durante todo el embarazo resulta en realidad un alivio nada desdeñable para una persona a la que aún espera un largo camino de tribulaciones.
Fuera de esto, también aprecié cambios en mi vida social y laboral. Y es que, a medida que avanza el embarazo, contemplas resignado como los viernes de cena y picoteo por el centro, se van transformando en tranquilas tardes de mesa camilla, y café con pastas. También tu biblioteca sufrirá una invasión progresiva por revistas estilo “Mi bebé y yo”, “Ser Padres”, “Embarazo Sano”, o “Crecer”. Y, por cierto, si aún no sabes quién es el Dr. Carlos González, probablemente lo averigües pronto. Y hasta es posible que te genere un inexplicable sentimiento de antipatía, sin conocer de nada al buen señor. Descuida, compañero, pronto te irás acostumbrando a esta nueva vida, que, por si no te has dado cuenta ya, ha dado un giro completo e irreversible.
Pero… ¿Y en el trabajo? Probablemente notarás que ahora le caes bien a mucha más gente que antes. El jefe te saluda dos o tres veces al día, y los compañeros, no dejan de darte palmaditas e invitarte a café. Se abren nuevos temas de conversación, hasta entonces inéditos, como la marcha escolar de sus hijos, las excursiones del cole o el precio de los libros de texto. Descubres asombrado, que el compañero que hasta entonces, parecía entender únicamente de deportes, o que solía hablar de cuestiones tan trascendentales como el tamaño de los senos de su vecina, te aborda ahora con otros temas muy diferentes, lo que te hace mirarlo bajo un nuevo ángulo… “¿De dónde ha salido este tío? ¿Dónde está el pervertido que se tomaba el café conmigo todas las mañanas?”, llegas a pensar.
Hasta las chicas se acercan a ti, confiadas. Parece que el hecho de saber que vas a ser padre en breve, te ha vuelto inofensivo para el sexo opuesto. Tu estado de hombre casado no era suficiente para ellas. Es definitivamente, tu futura paternidad, la que te castra del todo para el resto de la sociedad femenina. Nos ven ahora bajo un prisma de ternura que antes no existía. Y levantan todas sus defensas, hablando sin remilgos, en tu presencia, de los temas más variopintos, como puede ser la fecha de su próxima regla, o la decisión de hacerse la depilación brasileña este verano.
Sí, es cierto, cambiaron muchas cosas en mi vida a partir del momento en que supe que iba a ser padre. Algunas a peor, lo reconozco. Sin embargo, como iréis descubriendo poco a poco, la mayoría de los cambios fueron muy positivos. Mi perspectiva, el modo a través del cual interpretaba el mundo, la realidad o las cosas que me ocurrían a diario, se transformó increíblemente.
Si me lo permitís, trataré de mostrároslo.